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Volver a creer

 

 

 

Me pregunto en qué momento el ser humano pierde la capacidad de creer. Creencia sin más, libre de prejuicios y de ofuscaciones, llevada simplemente por ese radar interno que siempre ha sido la intuición. Me apresuro a señalar que es imposible responder esta cuestión, bien lo sé yo después de tantos años intentando dilucidar por qué las evidencias no sirven para dar cabida, en según qué mentes, a la aceptación o a la duda. Porque sí, dudar es el más sano ejercicio para la vida. Dudar de la verdad y de cualquier versión; dudar de las firmezas y de las respuestas infalibles.

 

 

 

 

Y es que, a estas alturas, pocas cosas son realmente incuestionables: por qué hay tantos tipos de maldades y un solo tipo de bondad; por qué a la vida le sigue la muerte o por qué la ciencia ha estar reñida con lo extraordinario. Por qué Puccini afirmaba que Madama Butterfly le fue revelada durante un trance de éxtasis; por qué Tesla creía en la vida más allá, por qué siempre han existido visionarios y vaticinadores, por qué en el mundo entero existe la noción de deidad suprema. La historia está repleta de enigmas sin resolver, de voces que se quedan ancladas en la memoria del que experimenta el encuentro con lo insondable. A veces ocurre, como en el cine, que las historias se permeabilizan de lo extraordinario, haciéndonos ver que, en realidad, no hay nada más cotidiano que lo sorprendente. Al final de la escalera, El sexto sentido, Premonición, Ghost o Los otros, se intercalan con películas infantiles como Cazafantasmas, Beetlejuice, El mago Merlín o Peter Pan, para mostrarnos que lo insólito se viste de fantasía para hacernos entender la realidad. Sería curioso preguntar por qué se infunde en los niños la capacidad de creer si, con la madurez, ahogamos su imaginación y con ella la posibilidad de traspasar barreras.

A lo largo de los años todos hemos tenido contacto con situaciones que, aunque queramos, no podemos definir; al vértigo de lo inexplicable le sigue la aceptación de que las fronteras quizá son menos infranqueables de lo que se intuye, existiendo evidencias suficientes para entender que en el mundo todavía hay cabida para lo desconocido. Claro está que defender esta vía no resulta nunca el camino más sencillo, cineastas como Ingmar Bergman o Carl Theodor Dreyer nos muestran el peso de la rectitud, ilustrando a la perfección lo difícil que es ir contracorriente.

 

Seamos creativos, seámoslo no por indisciplina sino por pura higiene mental. Seamos de esas personas que, como Paloma Navarrete, se muestran valerosamente desobedientes para descubrir una senda en la que no se establecen verdades ni mentiras, sino una extensión de los límites de lo que entendemos como real. Probemos a dudar y probemos a creer, la mente humana es mucho más asombrosa de lo que se imagina y, sin contornos autoimpuestos, no sabemos lo que somos capaces hacer. Como glosaba el maestro Shakespeare en Hamlet: "sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser". Que no se diga que hemos pasado por la vida pudiendo aprovechar nuestras mentes, y por comodidad hemos preferido dejar de creer.

 

Lucía Tello Díaz

 

 

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