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El Pendulito

 

Hay dos cosas que me daban miedo en todos estos temas de esoterismo: hacer el ridículo y “ver cosas donde no las hay”, pero me he dado cuenta de que no puedo evitar ninguna de las dos situaciones y ahora os explico por qué.

 

Hace ya un tiempo, antes de las Navidades, Paloma nos enseñó unos cuantos péndulos y nos dio un par de directrices de cómo se usan, a saber: la forma de sujetarlo, con el dedo índice y pulgar, y dejar la mente en blanco para que la energía fluyese. De esa forma se supone que se pueden captar alteraciones en los campos magnéticos, encontrar personas desaparecidas e incluso hacerle preguntas… y ¡responde!. En dos palabras IM-PRESIONANTE.

Enseguida nos lanzamos unas cuantas alumnas a coger un péndulo de los que Paloma había dejado encima de una mesa y a hacer pruebas en clase. Dos compañeras ya tenían mucha experiencia en la materia, a alguna neófita el péndulo se le movió a la primera. A mí este artefacto me dio bastante respeto, porque me parecía muy propicio para aunar mis dos grandes temores.

Años atrás había leído que en la mayoría de los casos, el péndulo gira porque inconscientemente la persona que lo sujeta mueve la mano, de tal modo que es un elemento muy propicio para “ver cosas donde no las hay”. Además, la idea de ir por ahí haciendo preguntas a un cristal colgado de una cuerda me hacía sentir bastante ridícula.

 

 

 

Como en esta vida hay que superar los miedos, decidí después de unos días de dar vueltas al asunto, ir a comprar un péndulo y ver que pasaba. Pero ¡Oh problema!, ¿dónde conseguir uno? Yo pensaba que era un trasto de lo más exótico; me recordaba a las médiums del siglo XIX y a los hipnotizadores de las películas de terror y de los dibujos animados.

 

 

 

 

En esas andaba, pensando que soy de lo más raro y extravagante que hay en este mundo, cuando a la salida del supermercado me encontré en la puerta con un puestecillo de bisutería que tenía expuestos un montón de péndulos de todos los tamaños. Sintiéndome como Indiana Jones en busca del arca perdida y con las hojas de las acelgas de la cena asomando por el borde del carrito de la compra, (viva la clase y el glamour), me acerqué decidida a comprar uno.

 

 

Esto… (¡ánimo valiente que tú puedes!),

- Buenos días, ¿me podría decir qué son estos collares tan curiosos que tiene aquí? Tengo que hacer un regalo a una amiga…

- No son collares, son péndulos, me respondió la chica que atendía.

- ¡Ah! Ya… ¿y para qué son?

- Para detectar campos magnéticos, también responden a preguntas...

- ¡Pues mira que bien!, que suerte he tenido, porque a mi amiga todos estos temas de las piedras le gustan mucho. Me podrías poner para regalo este de aquí, el baratito, que para que empiece con estos temas no le hace falta más.

Y así me fui tan contenta, pensando que había llevado a cabo una hazaña digna de Lara Croft, (estaba superando mis miedos), y la vendedora seguramente pensando que soy una amiga bastante ruin por regalar un péndulo de 5 euros.

Al llegar a casa y sacar el colgante de la bolsita … ¡plaf!, se me cayó al suelo y se rompió un trocito de la punta. Pero, ¿Quién dijo desánimo?, como la mayor parte del cristal se había salvado del golpe, me dispuse a probar.

Paloma nos había dicho que hay que empezar con preguntas muy fáciles y que en la mayor parte de los casos el movimiento a la izquierda significa “no” y a la derecha significa “sí”.

Y ahora… a pensar la pregunta que voy a hacer… algo muy obvio… mmm… pues no se… ¡Ya lo tengo!¡Ésta no falla!. ¿Me llamo Gervasia? (cinco años de carrera de Derecho para esta brillantez mental). ¡Y el pendulito se movió a la izquierda! ¡Esto funcionaba!. Ya no había quien me parase y seguí haciendo preguntas. ¿Tengo 25 años? (en esta es pendulito dudó, ¡qué majo!), ¿Tengo dos hijos?, ¿soy ingeniero?, ¿tengo los ojos verdes?. Iba cuesta abajo y sin frenos, ya no me sentía ridícula haciendo preguntas a una piedra colgada de una cuerda. ¡Bien!

Seguidamente empecé a pasearme por toda mi casa viendo si los campos magnéticos estaban alterados y me quedé muy tranquila al ver que todo parecía en orden.

Pasada la emoción del principio y antes de poner al péndulo a buscar un par de juguetes que mis hijos habían perdido hacía tiempo, recordé mis antiguas lecturas al respecto, y empecé a preguntarme si no sería yo quien provocaba el movimiento inconscientemente.

 

 

Después de pensar un rato, se me ocurrió la idea de dar al péndulo “órdenes directas” de girar a la derecha y luego a la izquierda. Constaté que el colgante “hacía caso”. Así que era yo quien lo movía. Mi gozo en un pozo.

En este sentido noté una cosa muy curiosa: si cerraba los ojos, el péndulo no giraba y si los abría y no lo observaba directamente, costaba mucho que empezase a girar. La única manera de que rotase con cierta soltura era mirándolo. No sé la explicación física pero seguro que tiene alguna. Si alguien la sabe, le agradecería que me la contase.

 

 

Como el péndulo ya estaba roto y Paloma nos había dicho que nos enseñaría a usarlo más adelante, decidí aparcar el tema por una temporada. A los que les encantó el colgante fue a mis hijos. En cuanto lo vieron les pareció un juguete estupendo pero claro, era un péndulo de cinco euros, con lo que la cadenita de la que colgaba se rompió al segundo día y el cristal fue descascarillándose.

En definitiva, esta experiencia me ha venido muy bien para superar dos miedos muy absurdos que tuve durante muchos años. En ocasiones, en diversos ámbitos de la vida vemos lo que queremos ver y nos comportamos de forma ridícula, así que animo a todo el mundo a perder el miedo y reírse de sí mismo . Es sanísimo y muy liberador.

 

IDOIA URKIOLA

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