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El parto de La Papisa

 
La Papisa, Tarot de Marsella.

 


Ahí está, solemnemente sentada, vistiendo sacerdotal manto, cubierta la cabeza con la corona de los tres reinos y leyendo un libro como manifestación de su sabiduría. Es La Papisa. Vista así, tiene cara de no haber roto un plato en su vida. Y, mucho menos, de haberse quedado embarazada y ponerse de parto cuando, luciendo báculo y triple corona, presidía una devota procesión en Roma.

Sin embargo, ocurrió. Un montón de cronistas registran la existencia de una Papisa ocupando el trono de Pedro, que se puso de parto en el inoportuno momento en el que presidía una solemne procesión por las calles de Roma. Por supuesto nadie, hasta ese momento, sabía que bajo las vestiduras pontificales se ocultaba en realidad una mujer.



 


Se trata de la famosa Papisa Juana, personaje del siglo IX cuya realidad histórica validaron numerosos autores eclesiásticos durante siglos. Una mujer que, para seguir al monje del que se había enamorado, no dudó en ocultar su identidad femenina bajo un hábito de varón. Su ambición y valía hicieron el resto, llevándola hasta el pontificado como sucesora de León IV sin que nadie la descubriera. Finalmente, embarazada de su amante, se le adelantó el parto en plena procesión rumbo a la iglesia de Letrán y dio a luz en plena calle, ante los ojos horrorizados de los fieles. La plebe reaccionó con violencia al engaño, lapidando a la parturienta hasta la muerte. Según cuentan, en el lugar donde ocurrió el lance se colocó una placa con el siguiente texto: “Peter, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum”, que quiere decir “Pedro, Padre de Padres, propició el parto de la Papisa”. En resumen, que san Pedro desenmascaró a la impostora.

Grabado representando el parto de la papisa Juana.
La Papisa Juana como ramera de Babilonia, Biblia luterana de 1534.

En el siglo XV, el mismísimo director de la Biblioteca Vaticana, Bartolomeo Platina, incluyó la biografía de la papisa Juana en su libro sobre la vida de los papas, señalando con precisa erudición que permaneció en el pontificado dos años, un mes y cuatro días. La Iglesia reconoció su existencia hasta el año 1601, cuando el papa Clemente VIII declaró formalmente que la molesta papisa nunca había existido, convirtiéndola en una simple leyenda. Para los luteranos la papisa Juana simboliza a la prostituta de Babilonia, y así la ilustran en su Biblia, y el Decamerón de Bocaccio reservó una miniatura para reflejar el bochorno de su parto.

 


Miniatura del Decamerón de Bocaccio, sig. XV.

Quizá la pista que con más tino señala su existencia es la llamativa ceremonia a la que tenían que someterse todos los papas electos antes de tomar posesión formal de su cargo: la palpación testicular. Dice la tradición que tal prueba se impuso precisamente tras descubrir que una mujer, la papisa Juana, se les había colado en el Vaticano. No querían que se repitiera jamás un engaño semejante. 

¿Qué mejor manera, para comprobar si el papa era varón, que palparle la entrepierna? En eso, precisamente, consistía la ceremonia. Tras haber salido elegido y luciendo las ropas de su alto rango, el nuevo papa se sentaba en una silla especial, llamada sella stercoraria, cuyo asiento tenía un agujero. Entonces un diácono sexador se arrodillaba a sus pies, introducía la mano por la abertura y palpaba el pontifical bajo vientre. Tras toquetear aquí y allá y una vez seguro de lo que su tacto reconocía, el diácono proclamaba la fórmula ritual: Duos habet et bene pendentes. Esto es, Tiene dos y cuelgan bien, certificando así la inequívoca virilidad del Santo Padre quien, superado el examen, podía ya ocupar el trono de Pedro con la garantía de que nunca se pondría de parto.

Grabado con la ceremonia de palpación testicular del papa.


Sella stercoraria.


La prueba de la sella stercoraria formó parte del protocolo de elección de los papas durante siglos, en concreto hasta que fue eliminada por León X a principios del XVI.


 

Vuelvo a mirar ahora la imagen del arcano II, esa Papisa serena y docta, y me pregunto por qué no iba ella a quedar embarazada y a parir. A fin de cuentas la Papisa encarna lo femenino sagrado, y ese principio incluye muy especialmente la capacidad de crear vida, de dar a luz. Claro que en su personalidad predomina lo mental, el conocimiento, la sabiduría de la palabra inspirada. 


Pero, por mucho que se nos muestre enfrascada en la seriedad de la lectura, digo yo que las intelectuales no dejan de ser mujeres.

La Papisa Juana, en 'De claris selectisque mulieribus' de Jacques Philippe Forest (1494).



Javier Navarrete



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