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El Laberinto

 

Laberinto. Petroglifo de Laberinto de Mogor, 2000 a.C., Pontevedra.

 

Hay imágenes que persisten. Que insisten en su presencia con tozudez ciega, acumulando milenios de existencia en la historia de la Humanidad. Su representación formal recoge, quizá, los primeros conceptos que desarrolló el ser humano en su comprensión del mundo, cuando todavía no existía la escritura y el lenguaje era un verbo rudimentario.

 

José Caballero, 'Pavana para una infanta difunta'

 

 

 

Estas imágenes antiguas, comunes a todas las culturas, remiten a lo que Jung llamó arquetipos universales y constituyen el fondo de armario del inconsciente colectivo de la Humanidad. Entre ellas están el laberinto, el círculo y la espiral. Emparentadas entre sí, acumulan una enorme carga simbólica, pero todas comparten la idea de giro, de eterno retorno, de dualidad de fuerzas, de ciclo, de renovación, de centro oculto.

De las tres la más atractiva es, sin duda, el laberinto. Un enigmático diseño que delimita un recinto de fácil entrada y muy difícil salida. 

 

 

 

El sendero interior establece un complejo itinerario que extravía al viajero en sus vericuetos para proteger el secreto guardado en el corazón del santuario. La mitología cuenta que, en Creta, el habilidoso Dédalos construyó un intrincado laberinto, por orden del rey Minos, para esconder en su centro al Minotauro, un monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano. Un ser que juntaba la dualidad de hombre y de bestia. Teseo, el héroe, entró en el tramposo recinto. Para que pudiera salir sin perderse, la bella Ariadna le había entregado un ovillo cuyo hilo fue desenrollando precavidamente desde la entrada.

 

Teseo recibe el hilo de Ariadna, grabado de Baccio Baldini

 

A Teseo, como a todos los héroes, le salió bien. Llegó al corazón del laberinto, se enfrentó a la bestia, le dio muerte y regresó sano y salvo, encontrando el camino de regreso gracias al hilo de Ariadna. 

 

Laberinto e Grande Pozzo, 1969-2010, Michelangelo Pistoletto, Art Basel 2010

 

A las personas normales y corrientes las cosas no suelen salirnos tan bien. En general no somos héroes y el laberinto simboliza precisamente nuestra desorientación y extravío en el confuso trazado de la vida. Andamos un poco perdidos buscando un centro que de norte a nuestros pasos, razón y sentido a nuestras vidas. Seguro que en ese centro tendremos que enfrentarnos al Minotauro, a nuestra propia bestia, a la ambigua dualidad que nos desgarra, para hacer de su doble extravío la unidad de un destino cierto.

 

Espiral. La materia del tiempo, 2005, de Richard Serra, Museo Guggenheim, Bilbao

 

 

 

A juzgar por la persistencia con que la imagen del laberinto se repite en el imaginario colectivo de la humanidad manteniendo una vigencia constante, debemos estar tan extraviados como nuestros prehistóricos antepasados que grabaron ese intrincado dédalo en las piedras de Mogor, Pontevedra. Caminamos convencidos de que el trazado de la vida tiene un sentido pero no alcanzamos a verlo, la senda desorienta nuestros pasos. A veces avanzamos como si supiéramos hacia donde nos dirigimos pero el horizonte siempre es una ilusión. Nos falta un conocimiento, una sabiduría, una fe. 

 

  

 

 

Laberinto. Retrato de hombre con laberinto, de Bartolomeo Veneto, hacia 1510

 

La vida, como el laberinto que la representa, es un camino de iniciación. Un recorrido que, si lo hacemos con el alma abierta a lo que el propio camino nos depare, nos enseñará el diseño desde la óptica que lo hace comprensible. Como el laberinto cuando se ve desde arriba.

Quizá, como afirmó Cornelio Agrippa en el siglo XVI, el hombre, al haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, tenga el privilegio de esconder la omnipotencia divina en algún recóndito paraje de su esencia. Es posible que tengamos en nosotros mismos el conocimiento entero de la creación y el sentido de todos sus caminos, y tan solo nos falte tomar conciencia de ello. Creérnoslo. Cuando lo consigamos, seremos iniciados. Hasta entonces, el laberinto seguirá siendo emblema del extravío del hombre y del anhelo de sentido que encierra su corazón.

 

 

Firma Javier Navarrete

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