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El hombre del espejo

 

Como cada día desde hacía más de treinta años, a las seis en punto, JAH salió del trabajo, cruzó la amplia avenida y se dirigió hacia el metro. Dos estaciones y un transbordo apresurado, para después, ya en el tren de Cercanías, sestear un poco hasta llegar a su casa, un pisito con mucha luz en el extrarradio de la ciudad dormitorio donde vivía.

 

Halloween

Todos los días el mismo trayecto, la misma gente, las mismas nostalgias y las mismas frustraciones, que viajaban con él como un viajero más en su trayecto al trabajo, en su vuelta al hogar. Ni el milagro de la luz del alba, ni el camino mágico del crepúsculo despertaban en él mayor interés que la molestia del deslumbramiento que le cegaba y le impedía leer con nitidez las noticias del orbe en la pantalla del teléfono móvil.

Sin embargo ese día, una conversación entre dos señoras, sentadas frente a él, atrajo todo su interés. “¡No me puedo creer que nunca hayas visto un muerto! -exclamó una de ellas, con vehemencia- ¡Es imposible! A esta edad nuestra, todo el mundo ha visto alguno

JAH hizo examen de conciencia. Observó a las mujeres, intentando adivinar la edad. No le cupo duda alguna de que era mayor que ellas, y como a la más callada, ningún ser del otro lado se había acercado hasta éste a saludarlo. Categóricamente podía afirmar que, a su edad, él tampoco había visto un muerto.

Halloween

Había visto a sus padres dejar este mundo en una larga agonía; y también había visto cómo la vida se escapó de ellos de repente hasta hacerlos palidecer en un extraño frío. Rígido e imprevisto. Otra vez, en la primavera del nuevo siglo, un suicida saltó el tren delante de él, y durante muchos años, la imagen de aquel hombre sin vida vivió como una marca de agua en su memoria. Pero estas mujeres no hablaban de cadáveres sino de fantasmas.

En unos días llegaría Halloween –explicaba la mujer a su amiga- y entonces tendría la oportunidad de iniciarse en el prodigio de ver a los otros.

El tren llegó a su destino. JAH se sintió molesto e incluso deseó haber vivido unas estaciones más allá. Al llegar a casa, nervioso, encendió el ordenador y buscó las pautas que debía seguir para acometer con solvencia el encuentro con los suyos, pues fue en ellos en quienes pensó desde el primer momento

Anotó de que antes de la medianoche del último día de octubre, debía tomar una manzana y sentarse frente a un espejo. Marcó con un rotulador fluorescente, la advertencia de que el espejo debía estar en ángulo agudo, a 45 grados exactamente, pues sólo de ese modo, evitaría verse reflejado sobre el pulido cristal. Después debía encender una vela negra y relajarse. Acciones, a priori contradictorias para su mente lúcida, pensó con preocupación, pero si había que hacerlo, así lo haría.

Halloween

El ritual le indicaba que debía formular una pregunta a los seres del otro lado. Esa noche y los días siguientes escribió una lista interminable de cuestiones que más tarde priorizó, reescribió y finalmente resumió en una única cuestión, aquella que despertó su curiosidad días antes en el viaje de tren de vuelta a casa: “¿Por qué no habéis venido a visitarme todavía?”

Tras la pregunta, debía cortar la manzana en nueve trozos, debía colocarse de espaldas al espejo, comerse ocho pedazos y lanzar el noveno por encima de su hombro izquierdo. Inmediatamente después, debía mirar hacia el espejo por encima de este mismo hombro. El reflejo de la luz de la vela le iluminaría la respuesta.

Cuando llegó la noche de Samhain, tan disciplinado como una gimnasta rusa, tenía interiorizado cada movimiento, la cadencia exacta con la que debía formular la pregunta, la colocación del espejo, la posición de la vela, el corte perfecto de la manzana, la tirada por encima del hombro o el atisbar de la sombra de la llama que calmaría su curiosidad, de repente despierta.

HalloweenJusto antes de la medianoche comenzó el ritual, que siguió paso a paso. Pero transcurrió una hora, y otra, y la llama se asemejaba más a una foto enmarcada en el pan de oro del espejo de su madre, que al reflejo de un elemento en movimiento. Afuera en la calle, la gente celebraba la noche entera entre ruidos y risas. En el silencio de su casa nada acontecía. Sintió que debía asumir el hecho de que tampoco esa noche, en la que la frontera entre ambos mundos era apenas una línea débil, viviría la experiencia del encuentro con los muertos. Apagó la vela y se fue a dormir.

 

 

A la mañana siguiente, los primeros rayos del día iluminaron el dormitorio. Un renovado ánimo le hizo saltar de la cama con presteza. De repente, se sentía más ligera que nunca. Como si no tuviera pies que le anclaran a la tierra. Entró en el oscuro salón. La mañana festiva parecía vivirse fuera del tiempo. Todos los Santos tienen su octava, ironizó. Había mucha cera sobre la mesa, pero ya nada importaba, porque al mirarse en el fondo del espejo y contemplar su rostro, como uno más junto a los suyos, comprendió lo que al fin había ocurrido.

 

 

¡Feliz Halloween!

¡Feliz noche a los que buscan, a los que encuentran y a los que creen sin ver!

 

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